Después de tanto tiempo, sin pensarlo, encontrarnos frente a frente, viéndonos la cara uno al otro, así… sin más. El típico saludo,
solo un “asentimiento” con la cara y sin una sola palabra, y luego ver aquella mueca burlesca que te provoca el verme. Si, todavía la
recuerdo bien, tan marcada y tan obvia que es difícil pasarla por alto. Además aquella mirada de siempre, aquella pesadez en los parpados
pero al mismo tiempo contemplando la seguridad y la serenidad que solo se consigue con la experiencia de los golpes de la vida, de aquellos
golpes que salen a matar a quien encuentren.
De repente, el recuerdo se posesiona de ti soltando aquel comentario, aquel que lo es todo, pero menos inesperado. “Como has cambiado”,
un comentario tan suave pero tan ácido, que trae consigo el recuerdo de aquellos días de cuando todo era más fácil y sencillo, y lo peor de todo,
notar que ese alguien por el contrario sigue igual, como si el tiempo lo hubiese dejado intacto con el pasar de los años. Viendo aquella cara de
aquello que se asemeja a un niño, con su toque fantasioso y lleno de misterio, con sus ideas locas y su mundo de ilusiones. Y ilógicamente
conservando ese temple de tranquilidad, todas esas sensaciones al mismo tiempo.
Luego siguieron las bromas, los comentarios chuscos de aquellos días, de aquellas cosas que nos hicieron reír, y de aquellas que provocaron
llanto y hoy se vuelven más risas. Reviviendo el sarcasmo, y con ellos recordando a los viejos amigos y ver lo poco que ha quedado de ellos en mi.
De repente, nos miramos uno al otro, y notamos que algo no ha cambiado, increíble notarlo casi al final; notar que, a pesar de todo, la soledad sigue
ahí presente y sin intenciones de marcharse. Nos vimos las caras de nuevo y aquel temple tan sereno se volvió igual al mío.
Luego reaccione y mire el reloj, se hacía tarde, me enjuagué la cara y me seque los restos de agua, mire el espejo nuevamente y le sonreí… si… creo
que sonreí.










