PATAKKÍ DEL LAUREL
En la copa del laurel y acompañado con los demás orishas se encontraba charlando un atardecer Changó, dueño absoluto de este frondoso árbol. De pronto ve que un hombre se acerca, sigiloso, al árbol, quejumbroso por su constante adoración a sus veneradas deidades y que, así y todo, cumpliendo con ellas, lo habían traicionado y había quedado ciego.
El viento movía las hojas en un murmullo sibilante y entrecortado por los cantos de la lechuza. Changó pidió silencio y se puso a escuchar todo lo que el buen hombre tenía que decir: «¡Ay Baba, ay Yemayá, ay Ochún, ay Changó, que todo lo puedes, ay Elegguá que olvidaste ese día velar por tu hijo, ay Egguns y Ayés, ay todos. ¿Por qué me han quitado la vista?» Changó, dirigiéndose a Orula, le pidió que sacara su tablero para investigar en qué había fallado ese pobre hombre, mientras que Yemayá y Ochún le susurraban un canto al oído para calmarlo y adormecerlo.
Orula moyugbó a los 4 puntos cardinales e hizo un rezo especial a Baba. Le vino el oddun Oché Meyi, y no entendió por qué le había atacado los ojos. Despertaron al hombre y le explicaron lo que habían hecho mientras él dormía, ya que todos ellos lo querían ayudar. El hombre, al conocer quiénes estaban delante, se tiró en la tierra besándola y pidiéndoles la bendición. Muy triste confesó que había pecado, esclavizándose a los placeres de la Tierra aunque no quería reconocerlo, y pidió humildemente el perdón.
Este hombre que se tiraba ante los orishas era Babalú Ayé, que no sólo había perdido la vista sino que estaba cubierto de llagas. Los awós de la tierra donde vivía lo habían botado y él , en su desespero, había perdido la nación de todo.
Changó no lo había reconocido; al conocer la desobediencia, le pidió a Oggún-que como sabemos es un gran brujo-, y a Osain, que con las hojas y las raíces del laurel hicieran un cocimiento, que se lo fueran frotando suavemente en los ojos, hasta que él llamara a la lluvia para que limpiara con su agua purificadera todo lo malo que había hecho Babalú y de lo cual ya estaba arrepentido. Vino un gran aguacero y Babalú se fue depurando.
De pronto salió el sol y vio la vegetación, el majestuoso laurel, a los orishas y a su hermano Changó, con el cual se abrazó y juntos lloraron de felicidad. Por eso en el laurel se pide y los orishas, atentos a sus hijos, los ayudan a desenvolverse. El laurel es milagroso y mágico. Maferefún Changó, Maferefún Orula...










