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Publicado el 24/10/2008 a la(s) 06:50
Por GUIBER
Humor : Tierno

                                                                                                 
 
lugar:  MONTEAGUDO - BOLIVIA  CHACO CHUQUISAQUEÑO

Lapacho


Copa de vino añejo que desborda

la sutil embriaguez de sus colores,

encaje, cromo y luz en el que bordan

los pájaros la gloria de sus flores.

Mano morena que, enguantada en lila,

acaricia el azul de las mañanas,

badajo florecido de la esquila

triunfal del firmamento que se inflama.

Mancha de luz al borde de un camino,

jalón del campo y corazón del viento,

árbol que tiene para sí el destino

de ser la primavera en todo el tiempo.

Y ya solo en la tarde clara y bella,

embriagado de luces y colores,

es el árbol que enciende las estrellas

con la llama morada de sus flores.

José Luis Appleyard

Publicado el 23/10/2008 a la(s) 07:04
Por GUIBER
Humor : Tierno
  

EL BENTEVEO

(LEYENDA GUARANÍ)

C
uando Akitá y Mondorí se casaron, ocuparon una cabaña construida con varios horcones clavados en la tierra y cubiertos con ramas y con hojas de palmera. La nueva oga mí estaba en plena selva misionera.

Cerca, el gran Paraná pasaba impetuoso formando pequeños saltos en las piedras que encontraba al paso.

Al morir la madre de Akitá, su padre, que quedara solo, les pidió albergue en su cabaña y, como buenos hijos, recibieron con cariño al pobre tuyá a quien la edad y las enfermedades habían restado energías y capacidad para trabajar. A pesar de ello él trataba de no ser una carga para sus hijos, a los que ayudaba en lo que le era posible.

Para entonces ya había nacido Sagua-á, que al presente contaba ocho años.

Una de las tareas del abuelo, y que por cierto cumplía con sumo agrado, era atender al pequeño mientras sus padres, por su trabajo, se veían obligados a alejarse de la cabaña.

Grandes compañeros eran el abuelo y el nieto. Jugando, aquél le enseñaba a manejar el arco y la flecha y nada había que distrajera más al niño que ir con él a pescar a la costa del río.

Cuando sus padres volvían, era su mayor orgullo mostrarles el surubí, el pirayú,

el pacú o el patí que habían conseguido y que muchas veces ya se estaba asando en un asador de madera dura.

Otras veces, era una vasija repleta de miel de lechiguana que habían logrado en el bosque no sin grandes esfuerzos.

Para el pobre tuyá no había más deseos que los de su nieto y, aunque a costa de grandes sacrificios, muchas veces su mayor felicidad era complacerlo.

Valido de tanta condescendencia, el niño era un pequeño tirano que no admitía peros ni réplicas a sus exigencias.

Sólo en presencia de sus padres que, compadecidos de la capacidad del abuelo, restringían sus pretensiones, Sagua-á se deprimía.

A medida que el tiempo transcurría, las fuerzas fueron abandonando al pobre viejo que ya no podía llegar hasta la orilla acompañando a pescar a su nieto, ni hasta el bosque a recoger dulces frutos o miel silvestre.

Pasaba la mayor parte de su tiempo sentado junto a la cabaña, haciendo algún trabajo que su poca vista le permitía: tejiendo cestos de fibras vegetales o puliendo madera dura que transformaba en flechas o en anzuelos para su nieto.

Sagua-á correteaba sin cesar, alejándose de la oga mí con cualquier pretexto y dejando solo y librado a sus pocas fuerzas al abuelo, que nada decía por no contrariar al niño ni privarlo de sus diversiones.

Cuando los padres regresaban, encontraban siempre a su hijo junto al abuelo, de modo que, confiados en que el niño no se movía de su lado, dejaban

tranquilos la cabaña para cumplir su trabajo en el algodonal.

El anciano, por su parte, jamás había dicho una palabra que pudiera delatar al cuminí, ni intranquilizar a sus hijos.

Pero sucedió que un día, Sagua-á se detuvo más que de costumbre en sus

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