CUENTA UN ANCIANO NIVACLÉ
Quiero contar cómo era la vida de nuestros abuelos cuando vivían todavía en sus pueblos antiguos.Éstos son los nombres de los pueblos que habitaban: Lha’vôtjayechat,
Mits’alhalhich, Cuvôyu Lhavnus, Aishivoni, Côpiyô’ Yishi’; éstos son los campos arenosos que estaban detrás de Mariscal Estigarribia, cuando no había todavía
los blancos; solamente los nivaclé andaban por sus pueblos.
Había un jefe anciano que se llamaba Shupôi; él hablaba siempre a su gente al clarear
el día y también por la tarde. Hablaba a su gente animándolos a que buscaran comida para sus hijos. Y así se animaron a salir en busca de comida para sus hijos; así salieron entre muchos en busca de miel: de la yana, del rubito, y la miel de la abeja negra; la miel era el alimento de sus hijos. Cuando estaban de vuelta todos, todos los que traían miel, entonces sus esposas recibían sus recipientes para repartir la miel entre todos.
Nuestros abuelos compartían entre todos lo que tenían; reinaba mucha confianza entre ellos. Al amanecer, el jefe anciano hablaba a su gente: “Ya está el día encima, hijos míos; es tiempo para buscar carne y tomar el caldo; juntos podemos tomar caldo.”
Cuando el sol estaba por aparecer, salían juntos en busca de carne; tenían flechas con punta de cuchilla para cazar los animales mayores que encontraban, y así lo hacían los nivaclé como hacían sus esposas: se repartían la carne del animal, la salaban
con el salitre del suelo al cocinarla; así salaban la carne, pues no conocían la sal; ahora sí que la usan. Tampoco tenían rifles; éstos no los conocían en ese tiempo.
Cuando llegaba el tiempo esperado del algarrobo, los nivaclé estaban felices; en esta temporada había algarrobo, yi’shina (algarrobito), mistol y molle; toditos los frutales del monte tenían sus frutas, y éstas eran el alimento de los nivaclé. Era la temporada feliz cuando veían que tenían todas sus frutas; tenían comida en abundancia.
También estaban con frutas la sachasandía y el poroto del monte. Y entonces
hacían depósitos para conservar las vainas del algarrobo; pero para conservar la harina de esas frutas ahuecaban el samu’u; en el hueco del samu’u guardaban las harinas de algarrobo; hacían de la harina también una pasta remojada y compactada en bolas duras. Así mismo almacenaban las frutas del poroto del monte y la sachasandía.
Eran las reservas que guardaban para la época del invierno.
Cuando llegaba el tiempo del invierno, buscaban ranas y anguilas; éstos eran también alimentos que los nivaclé comían en invierno. En esa época del invierno también tenían frutas varias que comían; aunque no eran ricas: tenían frutas la doca pequeña y la doca grande y la variedad ôquina, bulbos de dos clases de caraguatá; todas esas frutas les servían de alimento.
Cuando llegaba la época de la primavera, entonces los nivaclé ya comenzaban a pensar en sus siembras; limpiaban el lugar donde querían sembrar. Nuestros abuelos
usaban para este trabajo la pala que llamaban jooc, porque estaba hecha de palosanto.
Con esta pala limpiaban el lugar donde querían sembrar. Cuando terminaba el invierno, rozaban el espacio que iban a sembrar; en esto trabajaban hasta llegar la primavera. Los nivaclé sufrían mucho en la limpieza de sus chacras, pues era la época del hambre crudo, cuando les tocaba limpiar las chacras. Vestían un pedazo de tela como chiripá que ataban por la cintura.
Cuando comenzaban a florecer estas plantitas de flor rosada y las frutas de lascactáceas; estas flores y frutas las mezclaban para comer y las condimentaban con tierra salada, y con esto calmaban el hambre que les mordía las tripas.
Cuando veían que salía la flor de la planta del zapallo, se alejaban de las frutas del zapallo hasta que crecieran grandes, igual que el anco y el maíz. Mientras tanto, las mujeres buscaban varias frutas cactáceas. No querían cocinar las frutas de su chacra antes de que se terminaran las frutas cactáceas. Entonces recién observaban sus siembras, a ver si ya se podía comer.
Al amanecer ya, un anciano invitaba a los demás que vinieran para comer juntos los zapallos, y quedaban muy felices, porque había comida. Los varones se ponían aparte para compartir su comida y también las mujeres se ponían aparte para compartir
su comida.
Nuestros antiguos abuelos iban así: no había pantalones, ni camisas, ni todas esas cosas que usan los jóvenes hoy.
Y cuando llegaba la época del algarrobo, los nivaclé ya tenían su cosecha. Entonces
venían nivaclé de otros pueblos. Mucha gente solía reunirse. Se encontraban así con los parientes y amigos que vivían lejos. y entonces se ponían de acuerdo para hacer un baile tradicional. Si había una chica que tenía recién su menstruación, se le organizaba la fiesta de la iniciación.
Se hacían los bailes como es la costumbre antigua; el que organizaba la fiesta tocaba todo el día su bombo hasta la tarde. Después de un breve descanso, el que tocaba el “bombo alto” ya entraba para bailar, y bailaban muchos. Pero alrededor de las diez de la noche iban a descansar. Tempranito al amanecer, el dueño del bombo ya tocaba otra vez.
Otros hacían juegos de fuerza; otros jugaban a la pelotita hecha de madera; otros jugaban el juego de tsucôc, y otros, jóvenes contra chicos, jugaban el c’asenjate. Cuando terminaba la fiesta y el bombo cesaba, se dispersaban los antiguos nivaclé.
Llegó luego el tiempo de la guerra entre paraguayos y bolivianos. Opinan que era por el año 1920. Llegaron los bolivianos para pelear. Pero había un anciano que recordaba bien el tiempo de la guerra; su hijo transmite este relato; es Cornelio Inaa Fleitas.
Así comenzó la guerra en la cual los paraguayos pelearon con los bolivianos. Durante la guerra, los nivaclé se dispersaron. No salían afuera los nivaclé; escuchaban
por el ruido de los fusiles dónde pasaba la lucha, y se cuidaban de pasar cerca. Llevaban a sus esposas lejos del lugar de los combates en lugares seguros. Había muchísimos fusiles, y hubo también tanques de guerra.
Hubo mucho ruido de los fusiles y los tanques de guerra, y tenían mucho miedo los nivaclé y las mujeres también. Entonces ocurrió que se encontraron unos bolivianos
con un grupo de nivaclé; a los varones los mataron, pero a sus esposas, las llevaron los bolivianos. Eran dos las mujeres que llevaron; a sus esposos y sus hijos los exterminaron.
Pero aquellas dos mujeres que habían secuestrado quedaron cuatro noches con los que les llevaban. Entonces se pusieron de acuerdo y decidieron escaparse. Entonces,
por medianoche se fueron. Quién sabe, cuántos días fueron buscando a su gente. Pero los nivaclé ya tenían su cosecha, y esas mujeres anduvieron mucho tiempo buscando a su gente sin encontrarlos.
Ellas sufrían un hambre tremendo. Encontraron unos tatú bolitas; largo tiempo observaron los tatú bolitas y entonces agarraron un palito para destripar los tatú bolitas; superando el asco, comieron la carne cruda, pues estaban muriendo dehambre.
Había un nivaclé que salió en busca de miel y se fue directamente donde estaban aquellas mujeres. Ellas se asustaron otra vez y gritaron de miedo: “¡Ahí viene un blanco!”
El les habló y gritó: “¡No! ¡Soy yo!” Ellas andaban completamente desnudas. Se pusieron muy contentas que se encontraban otra vez con su gente.
Entonces iban terminando los combates. Habrá sido en verano hacia el fin de la época del algarrobo cuando hubo la lucha, y entonces venía llegando un grupo de paraguayos. Ellos les pedían sandías. Tenían mucho miedo a los nivaclé cuando se encontraron con ellos. Eran 4 los que venían.
Ellos tiraron sus rifles al suelo, porque veían que los nivaclé les tenían miedo. Y dicen que dijo el jefe anciano: “¡Miren, hijos! Voy a acercarme a los samto.” Y se fue al encuentro de ellos y señaló con el dedo las sandías; luego señaló con el dedo la boca de uno de ellos, y luego le dio una sandía. Y los samto comían las sandías con mucho apetito.
Desde entonces, los nivaclé tenían rifles, porque los soldados paraguayos cambiaban
sus rifles por sandías. Ellos, sin embargo, no volvieron al frente de combate, porque habían cambiado sus armas por sandías.



