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Publicado el 16/10/2008 a la(s) 06:52
Por chacosudamericano
Humor : Tierno
 COQUENA (dios de los pastores) (LEYENDA SALTEÑA) COQUENA, dice una linda leyenda de los valles del Norte, era un dios bondadoso que amparaba el ganado que pacía en los cerros. Gracias a él andaban tranquilos por valles y sierras los guanacos, las vicuñas, llamas y cabras. Coquena no permitía que nadie maltratase los animales. Por esa razón él premiaba siempre a los buenos pastores. Cierta vez fue visto en la falda de un cerro, guiando unas cabritas que, sin duda, se habían extraviado. Dicen que era enanito, de tez muy morena, de rostro simpático y de mirada dulce y profunda. Que vestía una larga casaca de lana de vicuña, y cubría su cabeza con un gran sombrero. En vez de zapatos usaba ojotas. Dicen también que aquel día en que los pastores lo vieron bajando con unas cabritas la cuesta del monte, iba apoyado en un grueso bastón, y silbando contento. Era la hora en que el sol, próximo ya a desaparecer detrás de los cerros vecinos, tendía sus últimos rayos sobre las faldas verdes y floridas. Nunca más volvieron a verlo los pastores. Oían, sí, algunas veces, su alegre silbido, mientras llevaban a pacer sus ganados. Un día, un pastorcillo había llevado sus cabras al cerro. Subió más y más por la pendiente escabrosa siguiendo de cerca el rebaño, y en la cima misma del monte lo sorprendieron las primeras sombras del anochecer. De pronto levantóse un fuerte viento. Comenzó el cielo a cubrirse de densos y oscuros nubarrones. Un silencio aterrador se cernía en el ambiente. Las ráfagas de viento rugían cada vez con mayor furia, repercutiendo en el valle con modulaciones siniestras. La borrasca se hizo recia e implacable. Alarmado y temeroso, el pastorcillo quiso reunir sus cabras y bajar al valle; pero tan rápidamente como quiso huir, una niebla espesa cubrió el cerro, y el pobre zagal ya no pudo ver nada. Las cabras se habían dispersado rápidamente en todas direcciones; el pastor comenzó a gritar desesperado, llamándolas; corría de un lado a otro, desafiando al huracán para atraerlas; pero todo fue inútil. Gritó y lloró el desolado pastorcillo hasta que llegó la noche. La oscuridad se hizo entonces absoluta. Y al fin, el frío, el viento y la niebla vencieron al buen pastorcillo, que se quedó muy triste sin sus lindas cabras. Sentóse bajo unas peñas a descansar y no tardó en quedarse profundamente dormido, envuelto en su ponchito de vicuña. Con las primeras luces de la aurora, despertó el pastorcito. Recordó su desgracia y comenzó a llorar. Mas bien pronto secáronse sus lágrimas; sus ojos expresaron el más profundo asombro: era que a su lado, muy junto a él, alguien había dejado una bolsa llena de monedas de oro. Maravillado el pastorcillo, y rebosante de alegría, contólas varias veces haciéndolas sonar entre sus dedos. —¿Quién me dejó este tesoro, mientras yo dormía? ¿Quién habrá querido consolarme por las cabras que perdí?—se preguntaba. De pronto cesó en sus reflexiones y exclamó alborozado: —¡Ya sé!... ¡Es Coquena, el dios enanito!... ¡Qué alegría! ¡Es Coquena!... Había comprendido, al fin, que no podía ser otro que Coquena, el dios enanito, como él lo llamaba, quien así lo premiaba por haber sido siempre un pastorcito humilde y bueno, que cuidaba su rebaño con alegría y cariño. REFERENCIAS SOBRE COQUENA Los indígenas que habitaban la región de Salta y Jujuy, creían en la existencia de Coquena, el pequeño dios que protegía los guanacos, llamas, vicuñas y cabras. Si alguno de ellos se extraviaba en los montes, Coquena lo guiaba hacia el verdadero camino. Salvaba a los animales de todos los peligros y los amparaba de los malos tratos de los pastores, o de los abusos de los arrieros que conducían recuas de llamas o de guanacos cargados. Los indígenas de los valles calchaquíes (que comprendían las actuales provincias del noroeste), creían en la existencia de otro dios semejante a Coquena. Llamábanlo Llastay, y también «Amigo» o «Dueño» de las aves. Al decir «aves», se referían a todos los animales de caza, llamando «aves mayores» a los cuadrúpedos y, «menores», a los otros, a las verdaderas aves. Llastay protegía a las «aves» y sus pequeñas crías de las crueldades y abusos de los cazadores. Coquena y Llastay, dioses buenos y justos creados por la imaginación de nuestros indios, nos prueban que los animales habían despertado también en el corazón de aquellos seres primitivos, profundos sentimientos de ternura y compasión.
Publicado el 15/10/2008 a la(s) 07:09
Por chacosudamericano
RESULTA EN LA EPOCA DE LOS PATRONES EXISTIAN ESCLAVOS QUE ERAN LOS GUARANIES Y ENTONCES LOS PATRONES ABUZABAN DE LAS CUÑITAS Y ELLOS VIVIAN EN PEQUEÑAS CASISTAS DE PALOS PARADOS Y UNIDOS. ENTONCES HABIA UN PATRON BIEN GATERO SE LEVANTABA DE SU CAMA E IBA DONDE LA CUÑITA Y POR LOS ESPACIOS DE LAS CAÑAS SE LO ENCHUJAB A LA CUÑITA LA CUÑITA SIEMPRE EN ESA HORA DECIA AHHH AHHH , EL CAMBA LE PREGUNTA QUE PASA MUJER Y LE RESPONDE LA CUÑITA AH QUERIDO VACA VENIU Y LAMBIU Y A LA OTRA NOCHE LO MISMO LA CUÑITA DE NUEVO A LA MISMA HORA AHHHH AHHHHHHH , QUE PASA MUJER PREGUNTA OTRA VEZ EL CAMBA Y RESPONDE OTRA VEZ VACA VENIU Y LAMBIU Y EL CAMBA PREUCUPADO LE DICE AL OTRO DIA MUJER ESTA NOCHE YO VOY A DORMIR DONDE TU DURMES Y ASI LA VACA NO VENDRA ME TENDRA MIEDO LE DICE ENTOCES A LA MISMA HORA EL CAMBA GRITA AHIIIIIIII AHIIIIIIII Y LA CUÑITA LE PREGUNTA QUE PASA CAMBA Y EL CAMBA LE RESPONDE AHIIII TORO VENIU Y CUERNO METIUUUU
Publicado el 15/10/2008 a la(s) 06:22
Por chacosudamericano
Humor : Alegre
 CAÁ (yerba mate)(LEYENDA GUARANÍ) Hace muchos, muchísimos años, la Luna no se contentaba con enviarnos desde el cielo su luz blanca y hermosa, sino que también bajaba ella a nuestros campos y bosques, ansiando respirar aire puro, sentir el perfumede las flores y alegrarse con el murmullo de los arroyuelos y el canto de los pájaros.¡No imaginéis a la Luna, en sus paseos por la Tierra, rodando de aquí para allá como una bola cualquiera!... Imaginadla transformada en una mujer hermosísima,con ojos brillantes como dos estrellas, de larga cabellera plateada, y envuelta en tules finísimos de suaves colores. ¡Así bajaba la Luna a la Tierra!Y no venía sola; acompañábala siempre una bellísima joven, que era, a su vez, una nube a la que la Luna había transformado.Nuestros indios guaraníes llamaban a la Luna, Yací, y a la nube, Araí.Adoraban a Yací porque, según ellos, era la diosa que protegía y premiaba a los hombres buenos.Una tarde, Yací y Araí paseaban juntas aspirando embelesadas el aroma de las plantas y de las flores del bosque.De pronto, en una vuelta del camino, entre la maleza, se les apareció un temibleyaguareté (tigre) que, en actitud de saltar sobre ellas con las fauces abiertas para destrozarlas con sus dientes y sus garras, parecía esperarlas hambriento. Imaginad la escena.Ellas nada pueden hacer para defenderse. Se detienen horrorizadas ante el feroz animal y allí quedan inmóviles; paralizadas de espanto; a pocos pasos está el tigre agazapado y medio escondido entre las plantas, esperando el menor movimientode ellas para alcanzarlas de un zarpazo.Yací y Araí sólo piensan en huir para librarse de su terrible enemigo.Ya va a saltar el tigre sobre ellas, cuando ven con gran asombro que éste, rugiendode dolor, cae herido por una flecha que alguien le ha arrojado.Yací y Araí huyen horrorizadas, y desaparecen. Mientras tanto, el yaguareté, rugiendo furioso, busca a su heridor para atacarlo. ¿Y qué ve? Allí, oculto, detrás del grueso tronco de un árbol, está un indio viejo que sostiene entre sus manos un arco y muchas flechas. Él es quien intenta matar al tigre para salvar la vida de las dos mujeres.El yaguareté, al verlo, brama furioso queriendo arrojarse sobre el indio para devorarlo. Pero éste, aunque viejo, es astuto y muy valiente; consigue apartarse y arrojar nuevas flechas al yaguareté, el que cae, al fin, muerto a sus pies.Pasado el peligro vuélvese el indio hacia el lugar en que viera a las dos mujeres, pero no las encuentra: Yací y Araí, llenas de espanto, habíanse transformado en Luna y en nube para elevarse nuevamente, sutiles y aladas, al reino de los cielos de donde habían bajado.La noche cae ya sobre el bosque. El indio apresúrase a sacar la piel al yaguareté,se cubre con ella y trepa luego a la copa de un árbol, dispuesto a pasar allí la noche.Satisfecho por la buena acción realizada, el indio viejo no tarda en quedarse profundamente dormido.Y sucedió que mientras estaba entregado al sueño, vio aparecer ante sí, comoenvuelta en nubes radiantes de luz, la figura bellísima de la mujer de los cabellos de plata que había visto esa tarde en el bosque. Oyó también claramente que ella, acercándose a él, le decía:—Soy Yací, la diosa de los hombres buenos. Era yo, acompañada de Araí, quien paseaba por el bosque esta tarde. Tú has luchado con valor para salvar nuestras vidas, poniendo en peligro la tuya.—El indio, maravillado, quiso responder algo, pero no pudo. La diosa continuóhablándole:—Los hombres buenos reciben siempre recompensa por sus nobles acciones. ¡Tú recibirás la tuya, porque tu bondad y tu valor la merecen!—¿Cuál será esa recompensa?—se preguntaba el indio, mientras contemplaba embelesado a su diosa protectora. La respuesta no se hizo esperar, porque Yací prosiguió:—Haré nacer para tí, en este bosque, una nueva planta. Llámala Caá y cuídala mucho. Te advierto que sus hojas serán venenosas, por lo que deberás tostarlas para hacer uso de ellas. ¡Muchos beneficios recibirás de Caá!... ¡Muchos!...Dicho esto, desapareció la diosa.Despertó el indio y miró a su alrededor, buscándola pues le parecía, continuar oyendo su dulce voz. No la encontró, mas bien pronto escapóse de sus labios una exclamación de sorpresa: ¡Aquí está la planta de que me habló Yací!... ¡Qué alegría!...¡Es planta del cielo la que aquí encuentro!...¡Es Caá!Y en efecto: allí estaba entre la salvaje maleza, Caá, iluminada por la luz de la Luna.Agradecido, el buen indio buscó nuevamente a Yací para demostrarle su contento,pero tampoco la halló. Quedóse en el bosque hasta que los primeros rayos del sol, claros, brillantes, dorados, comenzaron a filtrarse por entre el ramaje de los árboles y por entre las hojas de su nueva planta que, como podéis imaginar, era la de la yerba mate.Esta planta nació, pues, en nuestro suelo, hace muchos, muchísimos años; cuando creían los indios que paseaban por la Tierra la Luna y la Nube...La yerba mate es, según la leyenda, el premio que recibió un alma buena. Por eso esta plantanos brinda sus mejores dones y es símbolo de amistad entre los hombres . |
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